La agricultura orgánica debe sostener y promover la salud de suelo, planta, animal, persona y planeta como una sola e indivisible. Este principio sostiene que la salud de los individuos y las comunidades no puede ser separada de la salud de los ecosistemas – suelos saludables producen cultivos saludables que fomentan la salud de los animales y las personas.

La salud es el todo y la integridad en los sistemas vivos. No es únicamente la ausencia de la enfermedad, sino también el mantenimiento del bienestar físico, mental, social y ecológico.

La agricultura convencional, también conocida como agricultura industrial, es un sistema de producción que necesita de un alto consumo de productos químicos. No tiene un uso restringido para la utilización de agroquímicos. Para que su sistema productivo  natural de resultados debe depender de abonos químicos sintéticos, energía fósil, y pesticidas.

No hay una única definición de lo qué es la agricultura ecológica. Lo que sí hay son unas pautas claras para establecer una definición donde sea que estemos practicando este tipo de agricultura.

Por lo tanto, podemos definir la agricultura ecológica como un sistema de producción  agrario que favorece el ecosistema. ¿Por qué? Porque gracias a que utiliza técnicas de conservación y mejora de la calidad del suelo, consigue un ecosistema social y ecológico sostenible

La gran parte de nuestro territorio se considera zona desfavorecida, por lo que este tipo de tratamiento es muy necesario. Es una producción agraria que ayuda a la economía en las zonas rurales, ya que las grandes industrias ya no dependen de estas zonas para crecer. Los resultados se obtienen con más paciencia, más a largo plazo, pero con mejores resultados.

Si hablamos de agricultura ecológica debemos hablar de ganadería. Son dos temas que deben ir unidos para así tener un mayor beneficio en sus resultados. ¿Por qué? Es tan simple como que los estiércoles del ganado favorecen la fertilidad y la actividad biológica del suelo. Aportando la práctica de rotación y asociación de cultivos se mantiene la diversidad genética.

Es decir, el gran reto del siglo XXI debe ser tener un aumento de la cantidad pero, consiguiendo una mayor calidad de los alimentos producidos, y todo ello logrando un menor impacto ambiental.