Orígenes de la flor de nochebuena

 

Su nombre náhuatl es tlaxóchitl, que significa “flor que se marchita”. Los aztecas la llamaban cuetlaxóchitl, pues para ellos simbolizaba la sangre de los sacrificios que los indígenas ofrendaban al sol para renovar sus fuerzas. 

La nochebuena se usó por primera vez en las fiestas navideñas del siglo XVII, en Taxco, Guerrero. Un grupo de monjes franciscanos recolectó estas vistosas flores en los campos cercanos, donde crecían de forma silvestre, para enmarcar una procesión conmemorativa de la Natividad, llamada Fiesta del Santo Pesebre. Durante la Colonia, la sociedad novohispana comenzó a usarlas para engalanar sus nacimientos y formar guirnaldas decorativas. A partir de entonces, la cuetlaxóchitl ha estado ligada a la Navidad en nuestro país.

Desde el siglo XIX, la flor de nochebuena forma parte del ornato de los templos europeos en las fiestas navideñas.

En nuestro país, la cuetlaxóchitl es conocida con distintos nombres. En Chiapas se le llama “sijoyo” y en Durango, “Catalina”; en Guerrero, Michoacán, Veracruz e Hidalgo, se le conoce como “flor de pascua” y en Oaxaca como “flor de Santa Catarina”. También hay quienes la llaman “flor de fuego” o “bandera”.

Fuera de México, es conocida como “hoja encendida” en Centroamérica; “corona de los Andes” en Chile y Perú, o simplemente como “flor de Navidad” en Venezuela. En Argentina se le conoce como “estrella federal”, por haber sido el símbolo que escogieron las fuerzas federalistas en el siglo XIX para combatir a quienes pugnaban por la implantación del centralismo en ese país; de hecho, es la flor nacional.

Un último dato para llenarnos de orgullo y defender su hermoso nombre. Se sabe que la Basílica de San Pedro en el Vaticano fue adornada con cientos de cuetlaxóchitl la noche del 24 de diciembre de 1899, provocando la admiración de todos los visitantes por la belleza del regalo que México le había hecho al mundo.